El bar gay no era un refugio: era una trampa que nos encantaba

El bar gay no era un refugio: era una trampa que nos encantaba

Jeremy Atherton Lin desarma el mito del bar como «hogar» queer y revela que su desaparición no es solo culpa de Grindr, sino de una historia de exclusiones, especulación y deseo pendiente.

Hay una frase que duele en el libro de Jeremy Atherton Lin y que resume todo: un barman del Royal Vauxhall Tavern de Londres, harto de ver despedidas de soltera heterosexuales invadir su pub, suspira y dice: «Frankly, it was better when we were unacceptable» («Francamente, era mejor cuando éramos inaceptables»). No es nostalgia barata. Es la certeza de que la aceptación social trae consigo la pérdida del territorio. El bar gay, lejos de ser el refugio edulcorado que nos vendieron, fue siempre un espacio de contradicciones: te ofrecía comunidad mientras te encerraba en una jaula de normas, códigos y exclusiones que replicaban el mundo de afuera.

Atherton Lin no escribe una historia edificante. En Gay Bar: Why We Went Out (2021), recorre los bares de Londres, Los Ángeles y San Francisco como un arqueólogo de la mirada, excavando en los ladrillos lo que la memoria oficial borró. Cada bar es un palimpsesto urbano: bajo el club Heaven de Londres yace el rastro del rey Jacobo I escribiendo cartas de amor a su duque; bajo el Twin Peaks Tavern de San Francisco, con sus ventanales abiertos a la calle como símbolo de orgullo, se esconde la paradoja de que era un bar no touch, donde besarse podía costarte la expulsión. La visibilidad, descubre el autor, a veces nació de la autocensura.

Twin Peaks Tavern

El libro desafía la narrativa del arco progresista con datos incómodos. Tras la despenalización del sexo entre hombres en Inglaterra en 1967 —celebrada como emancipatoria— las condenas por indecencia grave se dispararon: de 420 hombres en 1966 a 1.711 en 1974. La ley solo permitía la intimidad entre dos personas en espacio privado; un tercero convertía el acto en delito, y los bares seguían siendo blanco legal. La liberación, en el papel, encogió el territorio real. Y cuando el autor recuerda el Studio One de Los Ángeles, expone que su puerta era racista sistemática: dos o tres documentos para no blancos y mujeres, mientras un rubio con licencia falsa entraba sin problemas. El bar gay, lejos de ser utopía, copiaba fielmente las jerarquías del mundo.

Pero Atherton Lin no se queda en la crítica sociológica. Lo que le interesa es el deseo. El bar gay, dice, no es un destino: es la promesa de que algo mejor puede pasar. «Gay is an identity of longing» —una identidad de anhelo, no de posesión. Por eso su cierre duele más allá de la arquitectura: perdemos la expectativa. Y esa expectativa siempre convivió con lo sordido. El autor describe con crudeza los dark rooms, el popper, la competencia feroz por el cuerpo ajeno, la performancia de una masculinidad que a veces resultaba tan violenta como la del exterior. El bar no te salvaba; te ponía frente a un espejo donde tu propia comunidad te juzgaba.

La pregunta que atraviesa todo el libro es incómoda: ¿el bar gay nos mantuvo en nuestro lugar? El autor se arrodilla en un club de Vauxhall, rodeado de hombres que juegan a ser obreros en un escenario de ladrillo y acero, y se pregunta si no está simplemente «tragando tragos que nutren mi opresión». Al mismo tiempo, sabe que afuera tampoco hay asilo. El bar funciona como vacación, no como hogar: un lugar de extraños que se cruzan, no de vecinos que se quedan. Cuando cierra, no se disuelve una familia; se apaga una posibilidad.

El cierre de los bares gay, insiste el autor, no es solo culpa de las apps. Es una historia de real estate, de especulación inmobiliaria, de barrios que se gentrifican hasta expulsar a quienes los hicieron deseables. El RVT de Londres se salvó gracias a una campaña de patrimonio histórico; el Joiners Arms cayó ante una renta imposible. El bar gay fue siempre, en el fondo, un negocio temporal. La «comunidad» era, en parte, un efecto secundario del alquiler. Atherton Lin no llora los cierres; los anatomiza. Y en esa disección encuentra algo raro: que quizás nunca fuimos una tribu unida, sino una constelación de cuerpos solitarios que orbitaban en la misma dirección, unidos por la misma ausencia.

Royal Vauxhall Tavern

Al final, el autor se define como una bola de espejos: no genera luz propia, solo refracta la del ambiente. Es una metáfora perfecta para la identidad queer que retrata: una identidad hecha de reflejos, de imitaciones, de deseos prestados. El bar gay, entonces, no era el lugar donde encontrabas quién eras. Era el lugar donde podías dejar de serlo por una noche.


Gay Bar: Why We Went Out, de Jeremy Atherton Lin. Publicado por Little, Brown and Company (Hachette Book Group), Nueva York, 2021. Primera edición en ebook: febrero de 2021. 384 páginas. Disponible en inglés.

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