En las últimas semanas, dos hechos que ocurrieron a miles de kilómetros de distancia dibujan el mismo patrón: sectores dentro de la propia comunidad LGBTIQ+ están empujando activamente para separar la identidad gay de las luchas trans y queer. No es casualidad, y tampoco es nuevo. Pero la simultaneidad con la que aparece en España y en Estados Unidos merece que lo miremos de cerca.

España: la vieja distinción entre «sexo» y «género»
En el diario Público, la sexóloga Aitzole Araneta repasa una serie de intervenciones recientes que buscan reabrir la grieta entre orientación sexual e identidad de género. El activista estadounidense Matthew Vines publicó en The New York Times un texto donde reivindica ser «gay» y no «queer», argumentando que la orientación sexual —fija, hacia personas del mismo sexo— quedó diluida dentro de un paraguas político más amplio construido alrededor de la identidad de género, que él describe como algo mudable.
A eso se suma un dato concreto y con consecuencias materiales: desde agosto, un código de buenas prácticas con rango estatutario rige en Inglaterra, Escocia y Gales a partir de un fallo de la Corte Suprema británica que definió «mujer» según el sexo registrado al nacer. La norma excluye a personas trans de baños y vestuarios segregados, aunque —de manera casi absurda— prohíbe exigir pruebas de «sexo de nacimiento» a la entrada. Araneta también recoge declaraciones de un diputado del Partido Popular español que criticó la ley trans local apelando a un concepto, la «autodeterminación de género», que ni siquiera figura en el texto legal que ataca.

El artículo, vale decirlo, no se limita a describir: también discute con esas posturas, apoyándose en Judith Butler para sostener que defender derechos trans no obliga a suscribir ninguna teoría en particular, y que separar sexo de cultura es una dicotomía agotada.
Estados Unidos: Log Cabin Republicans le saca la «T» al LGBT
En simultáneo, la organización de gays y lesbianas conservadores Log Cabin Republicans anunció que dejará de defender derechos de personas trans, según reportó Steve Contorno para CNN. Su presidente, Ross Hemminger, justificó la decisión citando la atención de afirmación de género en menores y la participación de mujeres trans en el deporte como límites que el grupo «en conciencia» ya no puede sostener.
La movida no es aislada: ocurre mientras el Partido Republicano reactiva ataques al matrimonio igualitario y a la adopción por parejas del mismo sexo, y mientras crece la presión conservadora contra la gestación subrogada, incluso entre familias gays cercanas al propio oficialismo. Human Rights Campaign respondió con dureza, señalando que dividir a la comunidad para proteger a una parte es una táctica que «nunca ha funcionado a lo largo de la historia».
El patrón detrás del patrón
Lo que conecta ambos casos no es una coincidencia editorial: es una estrategia. Cuando se instala la idea de que lo trans es una «elección» o una imposición ideológica ajena a lo gay y lo lésbico —y no una realidad tan biográfica y corporal como cualquier otra orientación—, se abre la puerta a tratar derechos que fueron conquistados juntos como si fueran negociables por separado. Historicamente, gays, lesbianas, bisexuales y personas trans compartieron organización política por necesidad estratégica frente a la represión. Fragmentar esa alianza hoy, apelando a «diferencias filosóficas» o a «incomodidades» puntuales, deja a cada grupo más solo frente a los mismos actores que impulsan esas divisiones.

La pregunta que vale la pena hacerse no es si hay diferencias entre orientación sexual e identidad de género —las hay, y son legítimas de discutir—, sino a quién le sirve que discutamos esas diferencias en términos de exclusión mutua, justo cuando los derechos de toda la comunidad vuelven a estar en la mira.
Fuentes: Aitzole Araneta, «Sexo y género: ¿gays vs. trans?», Público (España); Steve Contorno, CNN, sobre el anuncio de Log Cabin Republicans.




