El 17 de mayo de 2026, en la esquina de Pueyrredón y Alvear de Viedma, organizaciones de género y diversidad de la Comarca junto a la Secretaría de Derechos Humanos de Río Negro inauguraron un mural en memoria de Juan Fredy Pazos. Eligieron esa fecha —el Día Internacional contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género— para recordar a un joven cuyo nombre se convirtió, hace más de tres décadas, en símbolo de dos luchas que en su caso se volvieron inseparables: la lucha contra la violencia policial y la lucha contra la discriminación hacia las disidencias sexuales.
La madrugada del 13 de agosto de 1993, Fredy, de 24 años, salió del bowling Yecada —sobre la calle Garrone— después de una noche con amigos. Fue la última vez que lo vieron con vida. Trece horas más tarde, dos menores encontraron su cuerpo en un camino vecinal detrás de la zona de hornos de ladrillos, cerca del Parque Independencia. Tenía evidentes marcas de golpes y había sido estrangulado con su propio cinturón.

La investigación inicial estuvo plagada de obstáculos. Paradójicamente, fueron los propios policías designados para esclarecer el crimen quienes lo entorpecían: aportaban datos falsos a la familia y desviaban las pesquisas. Mientras tanto, los padres de Fredy, Juan Pazos y Filomena Tolosa, junto a vecinos que juntaron más de 2.000 firmas, comenzaron a reconstruir un patrón inquietante: personal de la Brigada de Investigaciones de Viedma venía acosando sistemáticamente a Fredy, pidiéndole documentos en la calle y siguiendo sus movimientos. El motivo era concreto: Fredy había declarado como testigo en dos causas por apremios ilegales contra policías, los casos Robaina y Rupayán.
La punta del ovillo llegó con el hallazgo de un Fiat 1600 verde abandonado en un galpón. Dentro había manchas de sangre y una tacha arrancada de la bota derecha de Pazos. El perito Enrique Prueger —el mismo que luego sería clave en el caso del soldado Omar Carrasco— confirmó que las huellas de neumáticos encontradas junto al cadáver correspondían a ese mismo vehículo. Su dueño declaró que lo prestaba habitualmente a los suboficiales Richard Abel Galván y Pablo Alejandro Morales, a cambio de nafta y reparaciones. El auto había sido vendido dos días después del crimen y había cambiado de manos varias veces antes de ser localizado.
En julio de 1994, un año después del asesinato, Galván y Morales fueron condenados a prisión perpetua. Pero las preguntas sin respuesta permanecieron: nunca se investigaron a fondo los autores intelectuales ni las motivaciones completas del crimen. Uno de los policías que había llegado por su cuenta a la conclusión de que sus propios colegas eran los culpables murió ahogado en circunstancias dudosas durante una excursión de pesca. Dos policías fueron juzgados por esa muerte y luego absueltos.
¿Por qué el colectivo LGBTIQ+ lo considera un crimen de odio? La respuesta no es simple pero tampoco esquiva. Fredy era gay en una ciudad de los noventa donde esa condición bastaba para quedar bajo la mirada policial como figura sospechosa, controlable, prescindible. El acoso previo al crimen —los documentos pedidos en la calle, el seguimiento constante— operaba sobre esa marca. Que además hubiera sido testigo incómodo en causas contra policías no elimina la dimensión discriminatoria: la combina. Para las organizaciones que impulsaron el mural, la homofobia no fue un detalle del caso sino parte de la lógica que hizo posible elegirlo como blanco.
Filomena Tolosa, la madre de Fredy, sostuvo ese reclamo durante más de treinta años. Encabezó marchas de silencio, resistió difamaciones, rechazó sistemáticamente las salidas transitorias de los condenados y nunca confundió justicia con resignación. Murió el 13 de enero de 2026, a los 83 años, pocas semanas antes de que comenzara a organizarse el mural que hoy lleva el nombre de su hijo. Su hija Marcela señaló que la fecha de la inauguración coincidió con el cumpleaños de su madre, y que eso no fue casualidad sino una forma de honor.

El mural en Pueyrredón y Alvear no cierra el caso —ningún mural cierra un caso— pero hace algo que los expedientes judiciales no pueden: devuelve un cuerpo al espacio público, en el sentido más literal. Un joven gay asesinado por policías que lo acosaban vuelve a estar en la calle, esta vez como imagen permanente. La hermana de Fredy propuso incorporar un código QR para que el mural funcione como material de formación para los nuevos ingresantes a la policía. «La lucha nunca se acaba», dijo Marcela Pazos. «Ojalá sirva para que cambiemos todos un poco la mentalidad.»
Fuentes: Río Negro (rionegro.com.ar, 17/5/2026); Noticias Net (noticiasnet.com.ar, 7/4/2026 y 16/8/2022); Este Sur (estesur.com.ar, enero 2026); Prensa Obrera (prensaobrera.com, archivo).




