Yirar en Santa Fe: la vida gay que nadie contó

Yirar en Santa Fe: la vida gay que nadie contó

Sociabilidad gay en el interior · Santa Fe, años 80 y 90. Un nuevo libro reconstruye, por primera vez en Argentina, las cartografías secretas del deseo homosexual en ciudades del interior. Las historias de los hombres que convirtieron esquinas, terminales y parques en territorios propios.

Esa escena —furtiva, pequeña, cargada de miedo y de un deseo que no tenía nombre público— es una de las decenas que reúne A lo largo y a lo ancho. Estudios sobre sociabilidad gay en Argentina, el libro compilado por el sociólogo Ernesto Meccia y publicado en 2026 por Ediciones UNL y Eudeba. La obra es, según sus propios autores, la primera publicación universitaria argentina dedicada específicamente a estudiar la vida gay fuera de Buenos Aires: sus territorios, sus tiempos, sus códigos y sus resistencias.

El capítulo sobre Santa Fe es un documento de historia oral extraordinario. Reconstruye, con precisión cartográfica, cómo fueron los años ochenta y noventa en la capital santafesina para quienes deseaban a otros varones.

── I. EL MAPA SECRETO DE LA CIUDAD ──────────────────

Santa Fe era, en esas décadas, una ciudad mediana de trescientos mil habitantes con distancias cortas y un tejido social donde —como decía uno de los entrevistados con sarcasmo— «acá nos conocemos todos». Precisamente por eso, la geografía del deseo requería un orden y una inteligencia propios.

Los hombres homosexuales santafesinos construyeron, sin mapas escritos y solo a través del rumor y el aprendizaje silencioso, un sistema de zonas estratificadas. Las llamaban entre ellos «zonas rojas», «naranjas» y «amarillas» según la intensidad del yiro —esa práctica de deambular por la ciudad en busca de un encuentro— y el nivel de riesgo.

La zona roja de los años ochenta era el rectángulo de ocho manzanas alrededor de la Terminal de Ómnibus General Belgrano: desde la Plaza España al norte hasta la Plaza Colón al sur, atravesado por la calle San Luis. Los hombres la llamaban simplemente «la San Luis». En los noventa ese circuito se desplazó hacia la calle 9 de Julio, en el microcentro, donde esperar el colectivo era la excusa perfecta para merodear sin levantar sospechas.

Las zonas «naranjas» eran el Parque del Sur y los alrededores del Regimiento 12 de Infantería: menos transitadas, pero usadas principalmente para concretar los encuentros. Las «amarillas», más alejadas, quedaban en el Parque Federal y en la zona norte de la calle Estanislao Zeballos, entre vecinos que muchas veces se conocían entre sí.

No tener auto no era un obstáculo. Desde cualquier barrio de la ciudad se podía llegar en menos de una hora. Y si era necesario, se caminaba.

Los baños de la Terminal tenían su propia dinámica. No eran el lugar del sexo en sí, sino del levante: el primer encuentro de miradas, la comunicación de los cuerpos. Cuando se juntaba demasiada gente, el cuidador del baño —que sabía perfectamente qué ocurría— aparecía con una sola consigna: había que despejar. Nada más. No había denuncia. El cuidador ponía cierto orden, no más que eso.

── II. LA POLICÍA DE LA MORAL Y SUS ARBITRARIEDADES ──

Sobre ese mundo construido con paciencia y sigilo operaba la División de Moralidad Pública de la Policía de la Provincia, un estamento de cuarenta agentes que fue —hasta su disolución en 2004— un órgano de persecución sistemática. Su herramienta principal era el Código de Faltas provincial, que tipificaba como contravención la «ofensa al pudor», la «prostitución escandalosa» y el «travestismo». Prácticamente todos los hombres entrevistados por Rojas fueron detenidos alguna vez.

Alfredo, de 62 años, fue llevado tres veces. Una noche, saliendo de El Cafetín —un bar del macrocentro frecuentado por gente del teatro y las artes—, terminó en la Seccional Primera. Otra vez, caminando con un conocido que hoy es profesor universitario de Matemática, lo pararon de civil y lo llevaron a Jefatura. La tercera fue la más absurda: estaba sentado en su auto a la madrugada, a metros de su propia casa, volviendo de un recital de Alejandro Lerner. Un Ford Falcon se detuvo. Los agentes de civil preguntaron qué hacían ahí. No se quisieron bajar del auto. Los llevaron igual.

Rubén, de 57 años, estudiante de Arquitectura, recuerda una noche de 1987 en que esperaba junto a un compañero de Letras en la puerta de la casa de un amigo para una reunión de teatro. Tenían la regla T, los lápices, los materiales. Los pararon. Les preguntaron qué hacían parados en la esquina.

Rafael tenía menos de dieciocho años cuando lo detuvieron. Recuerda que tenía un andar feminizado y que eso bastó. El comisario llamó a sus padres. Cuando la madre entró a la comisaría, el funcionario le explicó la razón de la detención con una frase brutal. La madre le gritó de todo. Rafael pensó que también iban a encerrar a ella.

── III. EL CARNAVAL Y LA TRAMPA DEL DISFRAZ ──────────

Las fiestas de carnaval eran el momento de mayor liberación posible, y también la trampa más obvia. La División de Moralidad, infiltrada de civil, aparecía en los salones y se llevaba preso a quien estuviera disfrazado de algún personaje femenino. Los que iban de plomero, guerrero o mecánico no eran tocados. Era la misma fiesta, el mismo salón, la misma noche.

Marcelo, de 61 años, fue a una fiesta disfrazado de Yuyito González y lo llevaron preso. Alfredo cuenta que en otra ocasión se llevaron a alguien que iba de la Hormiguita Viajera. La fiesta continuó igual, sin ellos.

Adrián, de 58 años, salía de hacer un show transformista en el bar Lucas —un café concert del macrocentro— con su amigo y los bolsos con pelucas y maquillaje. Era su material de trabajo. Los pararon en la calle. Aunque no estaban disfrazados en el espacio público sino simplemente saliendo de trabajar, pasaron varias horas en calabozos hasta el día siguiente.

── IV. EL ARTE DE ESCAPAR ────────────────────────────

Frente a esa hostilidad permanente, los hombres desarrollaron una creatividad de supervivencia que hoy, leída en el libro de Rojas, tiene algo de épica cotidiana.

Correr y esconderse era la primera estrategia, aunque peligrosa: la huida confirmaba la sospecha. Subirse al primer colectivo disponible —aunque no fuera el propio— era otra: el movimiento del pasajero desactivaba al agente. Entrar a un kiosco a comprar cualquier cosa era la tercera.

Si los detenían de a dos, la estrategia era construir en segundos una amistad verosímil: intercambiar nombres, ocupaciones, excusas. Si había diferencia de edades, presentarse como tío y sobrino político. Roberto, de 74 años, aclara la lógica fría del asunto: hacerse pasar por padre e hijo no funcionaba porque el apellido del DNI los delataría.

La profesión declarada también importaba, y mucho. Juan Carlos, de 81 años, lo dice con carcajadas: declararse modisto o peluquero era condenarse solo. La estrategia correcta era mencionar algo que la policía asociara con autoridad o educación formal. Darío, de 65 años, dijo que estudiaba abogacía. Uno de los agentes afirmó estudiar lo mismo —quizás para hacerlo tropezar— y le preguntó el nombre de un profesor. Darío logró zafar de todas formas.

Damián tenía una carta bajo la manga que nunca tuvo que usar: su tío era comisario, conocido en el ambiente policial. Tenía el discurso preparado de memoria. El problema era que si alguna vez lo usaba, el tío se enteraría de todo. El horror, dice, no era el calabozo sino la revelación familiar.

── V. LA NOCHE BAJO TECHO ───────────────────────────

La vida de los homosexuales santafesinos no se reducía al miedo y la represión. La ciudad tuvo, durante esas dos décadas, una vida nocturna gay que nunca desapareció del todo. Los locales duraban poco —las razias los agotaban económicamente—, pero apenas cerraba uno, abría otro. Era, en palabras de los entrevistados, «el conventillo itinerante».

Hubo boliches bailables: Spring, Coaxil, La Nuit, Tudor, La X. Hubo bares con perfil gay-friendly: La Brújula, El Cafetín —con dueños gay y lesbiana—, La Grela. Y hubo fiestas en clubes barriales, sedes sindicales, centros vecinales, con luces alquiladas y entradas a precio de costo. Venían desde Esperanza, Rafaela, Santo Tomé, e incluso desde Paraná, al otro lado del río.

En esos espacios se podía bailar, tomarse de las manos, besarse. Persistir en ellos a pesar de la amenaza policial fue, según el análisis de Rojas, una forma de resistencia política en miniatura. En una ciudad que no tenía organizaciones formales de defensa de los derechos gay durante esas décadas, la mera continuidad de la noche fue un acto de insubordinación colectiva.

── CONTINUARÁ ────────────────────────────────────────────

El sociólogo Meccia, en el capítulo introductorio del libro, propone un ejercicio mental: imaginarse como un dron que sobrevuela la propia ciudad y se observa a sí mismo circular por ella desde el momento en que supo que era gay. En Santa Fe de los ochenta y noventa, ese vuelo revelaría esquinas de la Terminal, escalones del Parque del Sur, paradas de colectivo en la 9 de Julio, la puerta de un boliche a la que la policía podía llegar en cualquier momento.

Revelaría también algo que los grandes relatos sobre diversidad sexual en Argentina casi siempre omitieron: que hubo una vida gay plena, creativa y política lejos de Palermo, construida a pie, de noche, con monedas para el colectivo y una coartada lista para usar.

El libro que reúne esas historias acaba de publicarse. Y lo hace, como subrayan sus propios autores, en un momento en que esa vida vuelve a necesitar ser defendida.


REFERENCIA DEL LIBRO:
A lo largo y a lo ancho. Estudios sobre sociabilidad gay en Argentina. Dirección: Ernesto Meccia. Ediciones UNL – Eudeba, 2026. 462 páginas. ISBN 978-987-749-532-4. El capítulo sobre Santa Fe fue escrito por el investigador Alejandro D. Rojas a partir de diecisiete entrevistas a varones homosexuales de entre 48 y 81 años, todos nacidos y residentes en la ciudad capital.

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