"Estamos en el centro, señor": ser gay en Resistencia, donde todo se sabe y nadie se va
Un sociólogo de Buenos Aires llega a Resistencia en pleno verano chaqueño para entrevistar a gays locales. Lo que encuentra no es lo que esperaba: una ciudad sin boliches propios pero con una geografía secreta del deseo, una Plaza España legendaria, cibers que hacían de galería de levante, y una obsesión colectiva con Corrientes, la ciudad conservadora del otro lado del río que, paradójicamente, siempre tuvo el boliche gay.
El taxi cruzó la ciudad de punta a punta y Ernesto Meccia, sociólogo porteño, miraba desde el asiento trasero un paisaje que no encajaba con su idea de capital provincial. Ningún centro claro. Todo desparramado. Edificios altos sin ningún orden aparente. Resignado a no entender, le preguntó al chofer cuánto faltaba para llegar.
«Estamos en el centro, señor», dijo el hombre.
Hacía un calor pesado, aplastante. Era marzo de 2024. Meccia había viajado a Resistencia para entrevistar a varones gay de la ciudad para el libro A lo largo y a lo ancho, una investigación colectiva sobre la vida gay en el interior de Argentina que acaba de publicar junto a otros quince autores y autoras a través de Ediciones UNL y Eudeba. El capítulo sobre Resistencia lo escribió él mismo, en primera persona, con la textura de una crónica de viaje.

Lo que encontró en esa ciudad calurosa, sin boliches gay propios pero con una Plaza España legendaria y una obsesión colectiva por la ciudad del otro lado del río, fue mucho más de lo que esperaba.
── I. LA PLAZA ESPAÑA Y EL CONOCIMIENTO QUE NADIE TE DA ──────────
En Resistencia hay cosas que no te las dice nadie. Se saben.
Eso le contó Víctor, de 48 años, cuando Meccia le preguntó cómo había llegado, de joven, a los lugares de encuentro gay. La Plaza España, ubicada a pocas cuadras de la plaza central 25 de Mayo, era uno de esos saberes que circulaban sin manual, de cuerpo a cuerpo, de mirada a mirada.
«La primera vez que yo me dije ‘quiero tener sexo con un varón’ fui directo a Plaza España a levantar. Tenía 21 años. Hay cosas que no te las dice nadie, se saben.»
— Víctor, 48 años
Lo que hacía especial a esa plaza, en los años noventa y principios de los dos mil, era su oscuridad. Mientras otras plazas del centro estaban más iluminadas y más controladas, la España tenía sombra. Y esa sombra era una forma de privacidad al aire libre.

Javier, de 37 años, la describe como el nodo de un circuito mayor: la Plaza 25 de Mayo, en el centro, tiene cuatro plazas satélite a distancia caminable. La España era la más legendaria de las cuatro, pero el circuito incluía también las plazas 9 de Julio, 12 de Octubre y Belgrano. Los fines de semana, la gente picaba de una a otra. El encuentro era siempre el mismo: primero contacto visual, luego saludo, luego charla.
«La Plaza 9 de Julio está cerca de las vías. Todo eso era una zona de yiro. Por donde pasa el tren, de noche, es todo yiro. Y la gente anda como sea: caminando o en auto. Lo de siempre: la mirada, los gestos, uno que se acerca.»
— Javier, 37 años
El radio del deseo se extendía más allá de las plazas. El Parque Avalos, a cinco kilómetros del centro, era otro punto de llegada. Jona, de 36 años, cuenta que una noche, sentado en un banco de la España, apareció un tipo en moto que lo miraba. Intercambiaron señas. Jona se subió. Fueron al Parque Avalos, «un lugar medio alejado, todo verde». El Parque Intercultural 2 de Febrero, la arboleda camino a Fontana, los alrededores del aeropuerto: el mapa del deseo gay resistenciano era más denso de lo que cualquier visitante habría imaginado.
Lautaro, de 32 años, aportó otro dato: la parte de atrás del cementerio Monte Alto, en la colectora. «Eso lo supe por Twitter. En Twitter a veces suben lugares de cruising.»
Con el paso del tiempo, la municipalidad fue iluminando las plazas. Más luz significó menos sombra, menos privacidad. La gente empezó a irse. El mapa se movió.
── II. EL CIBER, LA CITA A CIEGAS Y EL VIAJE A BUENOS AIRES ──────────
A mediados de los años dos mil llegaron los cibercafés y todo cambió. No porque el deseo se fuera a la pantalla, sino porque la pantalla abrió un mundo que las plazas no podían dar: el anonimato, la anticipación, la posibilidad de arreglar antes de aparecer.
El chat del momento era el MIRc, con una sala específica llamada Chaco–Corrientes. Sin cámara, sin foto. Solo texto. Vos escribías, describías cómo ibas a estar vestido, en qué esquina ibas a esperar. El otro hacía lo mismo. Y después ibas.
«Era solamente chat sin fotos. Era cita a ciegas. Y era raro, pero yo me mandaba.»
— Joselo, 47 años
Joselo cuenta que una vez, sin saber bien cómo, terminó chateando con alguien de Buenos Aires. El tipo le mandó el código del pasaje de colectivo. Joselo fue a la terminal, se subió. Llegó. El hombre era más mayor de lo que había imaginado. La pasaron bien.
Los cibers del centro eran preferidos porque el anonimato era más fácil ahí. Los del barrio, en cambio, implicaban el riesgo de cruzarse con un vecino. En algunos cibers de Corrientes, contó Javier, había cabinas individuales donde las cosas pasaban ahí mismo, sin salir. En Resistencia, eso no existía: todo terminaba en una casa, en una obra abandonada, en un telo.
Cuando llegó Grindr, la Plaza España quedó definitivamente en el pasado. Javier lo resume sin nostalgia pero con una observación que vale la pena notar: las aplicaciones sacaron a los gays de la calle. Y eso, dice, estuvo bien. La calle era peligrosa.
── III. LA PARADOJA DE CORRIENTES ────────────────────────────────
Resistencia nunca tuvo un boliche gay propio. Corrientes, a veinte kilómetros y al otro lado del Puente General Belgrano sobre el Paraná, tiene uno desde los años noventa. El primero se llamó La clínica. Después vino El castillo, que empezó en 2007 y sigue.

La paradoja es que Resistencia es, según todos los entrevistados, una ciudad «más abierta», «más liberal», «más moderna» que Corrientes. Y sin embargo, el boliche está allá.
Los entrevistados construyeron, a lo largo de las entrevistas, una explicación: Corrientes tiene la Virgen, los santos, los feriados religiosos, el carnaval más grande del país. Es una ciudad donde el orden moral está muy marcado. Y precisamente por eso, el boliche gay funcionó como válvula: la liberación en el espacio nocturno, mientras de día todo vuelve al armario.
Víctor lo vio de cerca, porque tuvo una pareja correntina. Cuando amanecían juntos, el freno era inmediato. «Era como si pensara: ‘Lo de anoche fue lo de anoche, ahora es otra cosa’.»
En Resistencia, en cambio, la mentalidad era más laxa pero el boliche nunca cuajó. Varios lo intentaron. Ninguno sobrevivió. Como si la apertura social hiciera innecesario el espacio específico, o como si el espacio específico no pudiera sostenerse en un ambiente que ya era, de alguna manera, más permeable.
La Costanera de Corrientes tiene su propia tradición. Jona la describe con precisión de etnógrafo aficionado: «Es un lugar para levantar. Va la gente a correr, a hacer ejercicio, vos te sentás ahí, te ponés a mirar y chau.»
El carnaval correntino, por su parte, es el único momento en que el armario explota públicamente. «Ves a los chongos re gays», dice Víctor, «y es el único momento en que no se juzga.»
── IV. EL PAÑUELO EN EL PORTÓN ──────────────────────────────────
Jona, de 36 años, vive en un barrio de Resistencia. En el portón de su casa cuelga un pañuelo de la diversidad. Lo dejó ahí después de una marcha, sin pensarlo mucho. Llegó a casa con el pañuelo en la mano y decidió no guardarlo.
«Sé que fue después de una marcha. En vez de guardarlo decidí dejarlo ahí como símbolo de mi existencia marica. Se veía bien y me gustaba saber que quien pasara sabría que aquí hay alguien de la diversidad.»
— Jona, 36 años
Los vecinos lo ven. Los chongos que llegan de madrugada son vistos por los vecinos. A Jona hace tiempo que no le importa. De hecho, dice, el barrio tiene más diversidad de la que cualquiera imagina: fue a un patio cultural del barrio y estaba «lleno de la diversidad». «Solo salen de noche, pensé», dice, riéndose.
Y agrega, casi como una conclusión sociológica que Meccia podría haber escrito él mismo: «Los varones que golpean mi portón cada madrugada son los mismos que en el día pasan y no saludan. Somos realmente buenos actores.»
── V. UNA CIUDAD QUE NO EXPULSA ──────────────────────────────────
La pregunta clásica que el libro de Meccia pone en discusión es si el interior argentino obliga a los gays a migrar a Buenos Aires. En Resistencia, esa respuesta no es tan clara.
Víctor tiene una teoría sobre Buenos Aires que no es de desprecio sino de distancia cuidada: es el «desparpajo». Un estado de cosas extraordinario, no cotidiano, que vale precisamente por eso, por ser excepcional.
«Acá nada de eso existe, pero no se lo extraña. Lo lindo es saber que todo eso está para cuando puedas viajar. Buenos Aires es lindo, es el desparpajo. Yo les digo: ‘Chicos, vayan, conozcan, vean, pero acá se la pasa bien igual’.»
— Víctor, 48 años
Jona dice que ama Resistencia. Joselo que se halló. Alejandro previene: es una ciudad «amistosa» pero que no tiene «paredes acolchonadas». La violencia está, pero es menos frecuente. La universidad trabaja en sensibilización. El teatro fue, para muchos de ellos, el espacio donde la disidencia tuvo refugio y nombre.
La última tarde de campo, Joselo pasó por el hotel a las 14:30 a buscar a Meccia. Hicieron la entrevista en un shopping del centro, lejos del ruido. Cuando terminaron, Meccia dijo que quería volver al hotel. Joselo preguntó si no prefería ir a Corrientes.
Cruzaron el Puente General Belgrano. Meccia, que de chico se embobaba con los puentes de su padre y con el mapa arrugado del ACA, guardó silencio mientras el río quedaba abajo, a ambos lados. Llegaron a la playa Islas Malvinas. Vieron el puente mientras atardecía. Hicieron fotos.
Joselo no empezaba los diálogos. Esperaba. Cuando Meccia le preguntó si había visitado la tumba de Ramona Galarza, a quien imita en sus shows de transformismo, Joselo respondió que sí. Y que la Basílica de Itatí no quedaba tan lejos.
«Yo te llevo. Pero tenés que venir con tiempo.»
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*Los nombres de personas y algunos datos geográficos fueron modificados por el autor para preservar el anonimato de los entrevistados
NOTA DEL EDITOR:
Este texto está basado en el capítulo «En mi portón tengo el pañuelo de la diversidad. Presente y pasado de Resistencia en la voz de los entrevistados», de Ernesto Meccia, en A lo largo y a lo ancho. Estudios sobre sociabilidad gay en Argentina (dir. Ernesto Meccia). Ediciones UNL – Eudeba, 2026. 462 páginas. ISBN 978-987-749-532-4.
PRÓXIMA ENTREGA: Goya, Corrientes. El deseo de ser deseado por la ciudad.




