Una investigación con datos de casi 500.000 personas confirma que no hay un solo gen que determine la orientación sexual, y desarma definitivamente aquella teoría de los años 90 sobre el cromosoma X.
Durante décadas circuló la idea de que existía «un gen de la homosexualidad». La teoría había ganado fuerza en 1993, cuando una investigación publicada en la revista Science vinculó una región del cromosoma X con la orientación sexual, luego de analizar el ADN de 40 parejas de hermanos gay. El hallazgo tuvo tanto impacto cultural que hasta llegó a explicaciones populares y bromas sobre «heredar» la sexualidad por parte de la madre.

Ese estudio quedó desmentido con el trabajo más amplio realizado hasta hoy en la materia, publicado también en Science. Un equipo internacional liderado por Andrea Ganna, del Instituto de Medicina Molecular de Finlandia y la Escuela de Medicina de Harvard, analizó información genética y de comportamiento sexual de 477.522 personas, combinando datos del UK Biobank británico y de la empresa 23andMe. Más de 26.800 participantes declararon haber tenido relaciones sexuales con personas de su mismo sexo.
Los resultados son contundentes: no existe un único gen ni un puñado de variantes que determinen el comportamiento sexual. Se identificaron miles de marcadores genéticos asociados, pero apenas cinco mostraron una relación estadísticamente significativa, y entre todos explican menos del 1% de las diferencias observadas. Tomando en cuenta todo el genoma, el componente genético explicaría entre un 8% y un 25% de las variaciones individuales en la conducta sexual entre personas del mismo sexo: el resto responde a una combinación de múltiples genes, entorno y experiencias de vida, tal como ocurre con otros rasgos humanos complejos.
De los cinco marcadores identificados, uno se relaciona con la calvicie, lo que sugeriría cierta vinculación con la regulación hormonal, y otro con el sentido del olfato, ligado a la atracción sexual. Ninguno de los cinco tiene relación con el cromosoma X, lo que termina de refutar la hipótesis de 1993. Los investigadores también encontraron que buena parte de las influencias genéticas —alrededor del 40%— son compartidas entre varones y mujeres, mientras que el resto es específica de cada sexo.
Michael Bailey, investigador de la Universidad Northwestern que no participó del estudio, lo calificó como una de las evidencias más sólidas hasta la fecha de que los genes influyen, pero no determinan, la orientación sexual. Los propios autores remarcaron la importancia de no reducir la sexualidad humana a variantes genéticas aisladas y expresaron su intención de que futuras investigaciones se desarrollen junto a la comunidad LGBTQ+.
Desde ARGay creemos importante difundir este tipo de hallazgos: la ciencia vuelve a confirmar lo que el activismo viene diciendo hace tiempo, que la sexualidad humana es diversa, compleja y no se explica con fórmulas simples. Reducirla a «un gen» no solo es científicamente incorrecto, también alimenta discursos que buscan patologizar o justificar la existencia de las identidades LGBTQ+ en términos biologicistas.
Fuente: National Geographic España, en base al estudio publicado en la revista Science.




