Para la generación que hoy ronda los 30 años, verse reflejada en la televisión no fue un proceso natural, sino una búsqueda de guerrilla. Antes de que el algoritmo de las plataformas nos pusiera la diversidad en bandeja, encontrar un personaje LGTBIQ+ implicaba rastrear foros, esperar descargas eternas en el Ares o sintonizar canales extranjeros a la madrugada. No era solo entretenimiento; era la necesidad vital de confirmar que uno existía y que su deseo tenía un nombre.
Los testimonios de la nota de El País son radiografías de esa soledad. Álex, uno de los entrevistados, recuerda con precisión la clandestinidad de esos años: «Consumía la cultura LGTBIQ+ a escondidas, de noche, en mi cuarto y con el brillo de la pantalla al mínimo». Esa imagen del brillo bajo resume el miedo al juicio familiar y la urgencia de encontrar un refugio, aunque fuera digital y pixelado.
La importancia de estas ficciones no radicaba solo en la presencia, sino en la calidad de la representación. Muchos jóvenes sentían que los personajes de la TV abierta eran caricaturas. Por eso, el impacto de series como Skins o SKAM fue total. Víctor lo explica de forma clara: «Ver a un chico gay al que le gusta el fútbol o los videojuegos me hizo entender que mi sexualidad no tenía por qué ser el centro de mi personalidad». Se trataba de romper el molde del «amigo gracioso» para pasar a ser el protagonista de su propia historia.

El diario español destaca cómo la piratería fue un acto de resistencia. Ante la falta de referentes en la programación local, internet fue la ventana al mundo. Marta, otra de las voces del artículo, relata que gracias a plataformas de descarga directa pudo acceder a historias que en su entorno eran tabú: «Si no hubiera sido por esos enlaces de Mega o RapidShare, hubiera tardado mucho más en entender quién era yo».
A diferencia de la sobreoferta actual, donde títulos como Heartstopper o Sex Education son éxitos globales, aquella generación construyó su identidad con retazos de información. No había una «categoría LGTBIQ+» en el menú principal; había que militar la búsqueda. Esa escasez convirtió a cada personaje encontrado en un tesoro que se compartía en comunidades online, creando una red de contención que cruzaba fronteras.

Hoy el panorama es distinto, pero el artículo nos invita a no olvidar ese pasado reciente. Aquella misión imposible de encontrar referentes marcó a fuego a una generación que aprendió a leer entre líneas y a valorar la visibilidad no como un nicho de mercado, sino como un derecho conquistado. Como bien cierra el texto, mirarse en el espejo de la ficción fue, para muchos, el primer paso para empezar a quererse en la vida real.




