En las últimas décadas, las luchas del movimiento LGBTIQ+ han logrado una visibilidad sin precedentes en los medios de comunicación, la publicidad y la cultura popular. Sin embargo, esta presencia masiva no siempre se traduce en una profundización del cambio social o en una expansión real de los derechos. En muchos casos, lo que se produce es un proceso de heterificación: una dinámica mediante la cual las identidades y prácticas disidentes son asimiladas, neutralizadas y reconfiguradas por la lógica heteronormativa dominante.
Autor: Licenciado en Psicología Pablo Szternberg
Desde la perspectiva de género, este fenómeno puede interpretarse como un mecanismo de poder que expropia el carácter político del deseo y transforma la disidencia sexual en mercancía. La cultura de la resistencia que en sus orígenes desafiaba las normas del sistema sexo-género se convierte así en un producto “diverso” apto para el consumo masivo.

1. La heterificación como tecnología de normalización
El término “heterificación” puede pensarse como una metáfora crítica del modo en que la cultura heterosexual y cisnormativa absorbe y reordena lo diferente bajo sus propias reglas. En este sentido, remite a conceptos como la homonormatividad (Lisa Duggan, 2002), que describe la adopción de valores tradicionales —monogamia, consumo, familia nuclear— por parte de ciertos sectores del colectivo gay, o al pinkwashing, estrategia mediante la cual corporaciones y Estados utilizan símbolos LGBTIQ+ para mejorar su imagen pública sin modificar sus estructuras de poder. La heterificación no reprime abiertamente la diferencia; la integra bajo condiciones. La vuelve visible, pero sólo en tanto sea comprensible y aceptable para la mirada heteronormativa.
Se produce así una paradoja: la diversidad es celebrada mientras se borra su potencial disruptivo.
2. De la disidencia a la mercancía: el capitalismo de la diversidad
El movimiento LGBTIQ+ surgió como una respuesta colectiva a la exclusión, la patologización y la violencia. Las revueltas de Stonewall, el activismo frente a la crisis del VIH y las luchas transfeministas latinoamericanas expresaban una resistencia política que ponía en cuestión la estructura misma del poder patriarcal y del control sobre los cuerpos.
Sin embargo, con el avance del neoliberalismo y la globalización cultural, esa resistencia comenzó a ser reconfigurada por el mercado. La identidad se volvió un nicho de consumo y la “diversidad” un valor publicitario. La bandera arcoíris —símbolo de orgullo y rebelión— se convirtió en un sello comercial: aparece en campañas de grandes marcas, en eventos patrocinados y en series que exaltan la inclusión pero omiten toda crítica al sistema que reproduce desigualdades.

Este proceso, conocido como rainbow capitalism, transforma la lucha por la liberación sexual en un discurso de tolerancia sin conflicto, apto para el mainstream. La cultura queer deja de ser un espacio de experimentación política y se vuelve un estilo de vida rentable.
3. Perspectiva de género: performatividad y control del deseo
Desde la teoría de género, Judith Butler (1990) sostiene que el género es una performatividad regulada, es decir, un conjunto de actos repetidos que producen la ilusión de una identidad estable. La heterificación actúa como una tecnología de regulación, orientada a canalizar esas performatividades dentro de marcos socialmente aceptables. Así, el sistema no suprime la diversidad sino que la ordena, otorgando visibilidad sólo a aquellas expresiones que no amenazan la jerarquía heterosexual. En este sentido, Donna Haraway y Paul B. Preciado permiten pensar el cuerpo como un campo de disputa política donde se inscriben las tensiones entre deseo, poder y tecnología. Lo queer, en su potencial radical, cuestiona esas inscripciones; pero el mercado cultural tiende a domesticarlo, convirtiendo el deseo en estética y el cuerpo en superficie de consumo. Desde una mirada interseccional (Crenshaw, 1989; Lugones, 2008), la heterificación también implica una exclusión interna: privilegia representaciones blancas, de clase media y cisgénero, dejando fuera las experiencias trans, racializadas o empobrecidas. De este modo, la supuesta inclusión reproduce desigualdades estructurales bajo la apariencia de pluralismo.
4. La cultura mainstream y la despolitización de lo queer
El ingreso de lo LGBTIQ+ al mainstream cultural —series, redes sociales, publicidad, entretenimiento— no ha significado necesariamente una transformación de las estructuras patriarcales. Lo que se observa es una traducción de la disidencia al lenguaje del espectáculo.
Las narrativas audiovisuales tienden a representar personajes queer “amables”, cuya diferencia se reduce a una característica identitaria o estética, sin cuestionar las condiciones materiales de opresión. Los influencers y celebridades LGBTIQ+ reproducen frecuentemente los valores neoliberales del éxito individual, la autoaceptación y el consumo como forma de libertad. Desde una perspectiva de género crítica, este proceso constituye una desactivación política: el sistema incorpora la diferencia para neutralizar su potencia transformadora.
En lugar de abrir grietas en el orden heteronormativo, lo queer se vuelve una marca de estilo, una categoría cultural que ya no interpela al poder sino que lo decora.
5. Repolitizar la diferencia: hacia un queer transfeminista
Frente a la heterificación, es necesario recuperar la dimensión política del deseo y del cuerpo. Repolitizar lo queer implica volver a concebir la diversidad no como identidad fija, sino como posición crítica frente al régimen de género, la colonialidad y el capitalismo. Los movimientos transfeministas latinoamericanos ofrecen ejemplos de esta reapropiación: articulan la lucha de género con la de clase, raza y territorio, y reivindican la disidencia como práctica comunitaria, no como identidad de mercado. Esta perspectiva recupera el espíritu colectivo de las luchas LGBTIQ+ originales, poniendo el acento en la transformación social más que en la representación simbólica.

Conclusión
La heterificación, como proceso de expropiación simbólica, transforma una cultura de resistencia en un producto cultural despolitizado. Desde la perspectiva de género, puede leerse como una estrategia del poder heteronormativo y capitalista para controlar la diferencia integrándola. Lo que se presenta como “inclusión” suele ser, en realidad, una forma de neutralización del conflicto. Revertir este proceso exige devolverle a la disidencia su potencia crítica: hacer del deseo una fuerza política y del cuerpo un territorio de resistencia. Solo así lo LGBTIQ+ podrá recuperar su capacidad de cuestionar, desestabilizar y reinventar las formas de vida que el orden hegemónico pretende fijar.
Bibliografía sugerida
– Butler, J. (1990). Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Routledge.
– Crenshaw, K. (1989). Demarginalizing the Intersection of Race and Sex. University of Chicago Legal Forum.
– Duggan, L. (2002). The New Homonormativity. Materializing Democracy: Toward a Revitalized Cultural Politics.
– Haraway, D. (1991). Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. Routledge.
– Lugones, M. (2008). Colonialidad y género. Tabula Rasa, 9, 73–101.
– Preciado, P. B. (2019). Un apartamento en Urano. Anagrama.




