Alice Valentine y su novia, Sofía Martin, vivieron una pesadilla en St. Cloud, Minnesota. Ambas salieron a la calle para manifestarse pacíficamente contra un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), pero terminaron brutalmente agredidas. Según denunciaron, los agentes las tiraron al piso, les tiraron gas pimienta y las esposaron sin mediar palabra.
Lo que empezó como un acto de solidaridad con sus vecinos terminó en una detención arbitraria. Alice contó que grabó el momento en que los agentes sacaron armas largas, algo que detonó la violencia de los oficiales. La pareja denunció que, además de los golpes, sufrieron un ensañamiento particular por su identidad de género y orientación sexual.

Durante el traslado y la detención, la desprotección fue total. Las llevaron a una sede oficial donde les negaron asistencia médica por las quemaduras del gas pimienta. A Sofía incluso llegaron a preguntarle por sus genitales y si pasó por cirugías de reasignación, un claro ejemplo de acoso y trato degradante que sufren las identidades trans en manos de fuerzas de seguridad.
Este caso no parece un hecho aislado, sino parte de una avanzada contra la comunidad. Hace apenas una semana, el mismo organismo mató a Renee Nicole Good, una poeta lesbiana, en Minneapolis. Para Alice, es evidente que el ICE elige como blanco a las personas del colectivo: «Parece que muchas lesbianas estamos sufriendo la violencia de esta fuerza ahora mismo», reflexionó.
A pesar de las lesiones y del miedo, Alice y Sofía no piensan dar marcha atrás. Aunque Alice sufrió un esguince que le impide trabajar en su peluquería —un espacio seguro que tienen para clientes queer y trans—, aseguró que lo volvería a hacer. Para ellas, exponer la crueldad de estas agencias es fundamental para frenar el avance del odio.
La situación en Estados Unidos enciende alarmas internacionales. Mientras el activismo local se organiza para frenar los abusos, la historia de Alice y Sofía recorre el mundo como un recordatorio de que la violencia institucional se ensaña siempre con los cuerpos más vulnerables. La lucha por los derechos humanos y la identidad no conoce fronteras.




