El reciente impacto de la película Maspalomas y el histórico reconocimiento al actor José Ramón Soroiz en los Goya 2026 han puesto sobre la mesa una realidad largamente postergada: la vejez en el colectivo LGTBIQ+. Lejos de ser un sinónimo de decadencia, esta narrativa —ambientada en un futuro cercano— representa un cambio fundamental en la dignidad narrativa de nuestra comunidad. Al alejarse de las caricaturas o figuras puramente nostálgicas, la obra posiciona a las personas mayores como sujetos deseantes, recordándonos que el orgullo no se desvanece con los años, sino que se transforma en una experiencia vital que exige visibilidad y el derecho a habitar el deseo en libertad.

El éxito de la cinta radica en su capacidad para romper el tabú de la sexualidad senior, demostrando que el erotismo no tiene fecha de caducidad. Según las investigaciones que sustentan este debate, la actividad sexual no desaparece por una cuestión biológica, sino que es inhibida por estigmas culturales que asocian el deseo exclusivamente a la juventud. En un entorno que idolatra los cuerpos musculados y «consumibles», la película desafía la «normatividad joven» del ambiente, rescatando la vigencia de identidades que siguen amando y deseando a pesar de una sociedad que intenta volverlas invisibles.
Sin embargo, el colectivo enfrenta un enemigo interno: el edadismo o «viejismo». Esta discriminación se manifiesta con fuerza en las aplicaciones de citas, donde el deseo se convierte en un mecanismo de exclusión sistemática. Tal como advierte el investigador Fernando Rada Schultze, las personas mayores enfrentan una triple discriminación: por edad, género y clase social, pues la experiencia de envejecer no es igual para quienes poseen recursos económicos que para quienes enfrentan la precariedad. El aislamiento se profundiza a través de filtros y discursos excluyentes en plataformas digitales, utilizando expresiones frecuentes como:
- «Hasta 35 años».
- «Solo jóvenes».
- «No mayores».
Frente a esta exclusión, la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2002) propone el concepto de Envejecimiento Activo, un proceso basado en derechos que busca garantizar la participación, seguridad y salud. Para la población LGTBIQ+ en Argentina, este ideal se ve obstaculizado por la discriminación histórica, la carencia de políticas públicas y la falta de acceso a derechos fundamentales como la salud, la recreación y el deporte. Sin datos estadísticos precisos que den cuenta de sus condiciones de vida, el ideal de un envejecimiento pleno sigue siendo, para muchos, una utopía condicionada por la estructura cisheteropatriarcal.
Uno de los mayores temores documentados es el fantasma de la vuelta al clóset al ingresar a residencias de larga estadía. Tras décadas de activismo, muchas personas optan por ocultar nuevamente su identidad por miedo a la hostilidad. Esta precaución tiene bases empíricas: investigaciones realizadas en Madrid (Ramos, 2018) revelan que existe un 68% de prejuicios o reacciones negativas contra las disidencias en entornos residenciales. Este panorama obliga a muchas personas mayores a retrasar el acceso a cuidados básicos, prefiriendo la soledad antes que enfrentarse a un entorno que los obliga a negar quiénes son.

La situación alcanza niveles de vulnerabilidad extrema al analizar las vejeces travestis y trans, para quienes envejecer es, a menudo, un derecho negado. Rada Schultze señala que la expulsión temprana del hogar y la falta de oportunidades empujaron a esta población al trabajo sexual y a realizar intervenciones en sus cuerpos en espacios no aptos (cirugías clandestinas), factores que hoy deterioran su salud y reducen drásticamente su expectativa de vida. Para ellas, la adultez mayor se percibe como una fase ajena o inalcanzable, convirtiendo su supervivencia en un acto de resistencia frente a una deuda social histórica.
En contraste, la experiencia de las mujeres lesbianas mayores propone una transformación absoluta de las trayectorias de vida tradicionales. A diferencia del mito heterosexual del «nido vacío», muchas lesbianas experimentan un nuevo despertar y un profundo empoderamiento cuando sus hijos crecen o alcanzan la independencia económica. Para ellas, esta etapa representa la liberación de vidas que a menudo fueron dobles o ficcionales, permitiéndoles finalmente «ser quienes quieren ser». Este giro radical convierte la vejez en un territorio de plenitud y autenticidad, lejos de la visión melancólica que suele imponerse sobre las mujeres mayores.

Ante la falta de contención en las familias biológicas, el colectivo ha forjado su propia resiliencia a través de las «Segundas Familias». Estas redes de amistad y grupos secundarios suplen funciones vitales de cuidado y apoyo emocional. Un ejemplo conmovedor es el ritual documentado en Rosario, donde grupos de amigos mantienen la tradición de reunirse semanalmente en bares y clubes para combatir la soledad. Estas estructuras no solo brindan compañía, sino que constituyen espacios de resistencia donde se valida la identidad y se construye una comunidad que protege a sus integrantes del aislamiento sistémico.
Para avanzar hacia una sociedad más justa, es imperativo fomentar una convivencia intergeneracional que derribe los prejuicios entre jóvenes y mayores. Inspirados en proyectos de viviendas compartidas como el de Madrid y en el potencial de la Educación Sexual Integral (ESI), se proponen las siguientes acciones:
- Implementar programas de acompañamiento mutuo entre estudiantes universitarios y personas mayores LGTBIQ+.
- Promover espacios de intercambio para la transmisión de la memoria histórica del colectivo.
- Utilizar la ESI para desestigmatizar la vejez y eliminar el viejismo desde las etapas educativas tempranas.
La libertad real solo es posible si incluye todas las etapas de la vida, sin excepciones. El mensaje de Maspalomas es un llamado urgente a construir una sociedad donde envejecer no signifique volver a esconderse ni renunciar al placer. Debemos trabajar para que el orgullo con arrugas sea motivo de celebración, garantizando que cada integrante de nuestra comunidad pueda vivir su vejez con la dignidad narrativa y los derechos que defendió en su juventud. Al final del día, el derecho a ser y a desear es un hilo que debe mantenerse firme a lo largo de toda nuestra existencia.




