Una investigación de la BBC reveló que, entre 1965 y 1973, al menos 250 personas fueron sometidas a choques eléctricos en hospitales del Servicio Nacional de Salud (NHS) británico. El objetivo de estas «terapias de aversión» era modificar la orientación sexual e identidad de género de adolescentes y adultos jóvenes, asociando el deseo con un dolor físico extremo.
Los testimonios son desgarradores. Sobrevivientes como Jeremy Gavins, quien tenía 17 años al momento del tratamiento, relataron que los shocks eran tan fuertes que llegaban a perder el conocimiento. El procedimiento consistía en amarrar a los pacientes a una silla y aplicarles electricidad mientras les proyectaban imágenes, una práctica que especialistas actuales califican directamente como tortura y barbarie.

A pesar de que la Sociedad Psicológica Británica abandonó estas técnicas hace décadas, la investigación subraya una realidad alarmante: las terapias de conversión todavía no son ilegales en el Reino Unido. Aunque el NHS y los colegios profesionales las rechazan, estas prácticas persisten de forma privada en entornos religiosos o a través de consejerías que operan fuera del sistema público.
Muchos de los afectados fueron derivados por sus propios maestros, médicos de cabecera o sacerdotes, a menudo bajo coacción o amenazas de expulsión escolar. La historiadora Hel Spandler estima que la cifra real de víctimas podría escalar hasta las 1.000 personas, ya que muchos tratamientos se realizaron de manera informal y nunca figuraron en los registros oficiales de la época.

Ante la contundencia de los hallazgos, figuras políticas y activistas exigen una disculpa formal del Estado y del NHS. El gobierno británico actual manifestó que revisará el uso histórico de estas terapias y reafirmó su compromiso de avanzar con un proyecto de ley para prohibir totalmente cualquier tipo de práctica de conversión en el territorio.
La herencia de estas intervenciones dejó secuelas imborrables, como trastorno por estrés postraumático (TEPT) y depresión crónica en las víctimas. Como señaló una de las sobrevivientes, no se trató de medicina, sino de un «castigo cruel» ejecutado bajo la fachada de ciencia conductual de vanguardia.





