El pasado 11 de noviembre, el gobierno chino concretó un golpe letal contra la comunidad LGBT+ local al dar de baja Blued, una aplicación de citas que llegó a tener 56 millones de usuarios. Aunque en Argentina nos manejamos con Grindr o Tinder, Blued era un gigante absoluto en Asia, nacido del ingenio de Ma Baoli, un expolicía que logró lo imposible: que el Estado chino aprobara oficialmente una plataforma para hombres gay bajo la pantalla de la prevención del VIH.

La postura del gobierno de Xi Jinping cambió drásticamente en los últimos años. Lo que antes era una tolerancia pragmática pasó a ser una persecución abierta. Para el Partido Comunista, la diversidad sexual es vista ahora como una «influencia occidental» que contamina los valores locales. Esta bajada de línea ya censuró escenas de Friends, prohibió los desfiles del Orgullo y, finalmente, le quitó el soporte institucional a la app que alguna vez fue orgullo del emprendedurismo chino.
El declive final de Blued empezó cuando la empresa salió a la bolsa en Estados Unidos. Al perder el control local y quedar expuesta a la inversión extranjera, el gobierno le picó el boleto. En un contexto donde el régimen controla todo (desde WeChat hasta Weibo), la autonomía de una red social de estas dimensiones resultó intolerable para las autoridades, que decidieron borrarla de los servidores sin dar explicaciones oficiales.
Vivir en el internet chino es acostumbrarse a que lo que hoy es viral, mañana está prohibido. Sin embargo, los usuarios están entrenados en el uso de códigos para esquivar la censura. El cierre de Blued no significa que la comunidad desapareció, sino que volvió a la resistencia digital, utilizando lenguajes cifrados y plataformas alternativas para seguir encontrándose a pesar del veto estatal.

Por su parte, Ma Baoli no se queda de brazos cruzados. Tras verse obligado a renunciar como CEO, ya lanzó una nueva start-up para desarrollar aplicaciones destinadas a las nuevas generaciones queer. Sabe que el desafío es enorme, pero apuesta a la resiliencia: en un país donde el Estado quiere controlar el deseo, la tecnología siempre encuentra un hueco para volver a empezar.




