LA TRANSEXUALIDAD EN LA ÉPOCA DE LA INQUISICIÓN

LA TRANSEXUALIDAD EN LA ÉPOCA DE LA INQUISICIÓN

En la Edad Moderna, las ideas sobre el género eran muy diferentes a las que luego se impondrían en los siglos XIX y XX. Aun así, para las personas transexuales, como demuestra la historia de Eleno (antaño Elena) de Céspedes, la sombra de la Inquisición siempre estaba ahí. No son casos tan aislados como se puede llegar a pensar.

La cruel ejecución de Margarida Borrás, la hija del notario que nació hombre (1460)

En algún momento de finales del siglo XVI, Elena de Céspedes desapareció para el mundo. Atrás quedaba su vida como hija ilegítima de un hombre y su esclava, casada joven con un albañil y madre de un hijo. En algún momento de la misma época, Eleno de Céspedes se convirtió en soldado de los ejércitos de Felipe II, donde lograría educarse como cirujano, profesión que desempeñaría en la vida civil. Fue tras su matrimonio con María del Caño –para el que ya había tenido que pasar antes un examen médico genital– cuando estalló el escándalo y el proceso ante la Inquisición. Elena y Eleno eran la misma persona y, para la acusación, se trataba de una mujer que se hacía pasar por hombre.

In the collection of the Davis Museum at Wellesley College

Más allá de la presencia de mujeres vestidas de hombre en la literatura y el teatro –donde se usaba la ropa para crear enredos dramáticos–, durante la Edad Moderna no pocas mujeres se disfrazaban de hombre por cuestiones de supervivencia, eficiencia, necesidad o comodidad para sobrevivir al día a día, a pesar del riesgo potencial que esto suponía frente a la Inquisición y ante sus propios vecinos. No obstante, también eran muchas las personas que habiendo nacido como mujer se vestían como hombres: simplemente, así se veían.

El primer aspecto a tener en cuenta a la hora de comprender estas historias es que las percepciones sobre el género que se asentaron a lo largo de los siglos XIX y XX –y de las que beben las percepciones actuales– no son las mismas de quienes vivían en los siglos que los precedían. Para los habitantes del siglo XVI, posiblemente fuera más fácil comprender la fluidez de género de lo que lo era para quienes vivían, en líneas generales, en 1960.

Fragmento de La mujer barbuda de José de Ribera / Museo del Prado

«Hasta la segunda mitad del siglo XVIII no se diferenciaban dos sexos biológicos en el ser humano», escribe en In virum mutata est. Transexualidad en la Europa de los siglos XVI y XVII, la historiadora María Jesús Zamora Calvo, que añade que, durante el Siglo de Oro, «el sexo biológico no marca de manera definitiva el comportamiento social del individuo». «El rol de varón o de hembra no descansa en diferencias biológicas, sino en el papel de género», escribe Zamora Calvo.

Algunas historias que ahora resultarían sorprendentes, en el período se aceptaban sin muchas dudas. Un ejemplo es el de María Pacheco, que se recupera en el artículo mencionado y que era estudiado por los médicos del Siglo de Oro como una muestra de lo que podía pasar porque «llegada a la pubertad, en vez de flujo menstrual le brotó un miembro viril». El caso de Pacheco no es único. María Muñoz –encerrada en un convento de Úbeda por su padre en 1607 porque la consideraba «varonil»– vivió un proceso parecido; Pacheco acabaría dejando la vida monacal para vivir como un hombre.

Una pieza de la historia de género y social

Como explica Antonio Calvo Maturana en ‘Impostores. Sombras en la España de las Luces‘, los casos que se conocen son «una pequeña parte», ya que los conocemos precisamente porque fueron descubiertos –dejando así un rastro documental–, lo que lleva a pensar que «no se trata de casos aislados, sino de una tradición arraigada en Europa, y que fueron muchas las que optaron por vestirse de hombre».

Estas historias, señala, no son anécdotas. Tal como señala, su estudio aborda «la historia del género y la social (incluyendo áreas como la historia de la pobreza, de la delincuencia y de la sexualidad)». Incluso cuando las razones fuesen más pragmáticas que una cuestión de identidad –como las mujeres que se vestían como hombres para poder acceder a ciertos oficios o viajar sin ser atacadas– están diciendo muchas cosas sobre la historia del momento. Ana Maldonado acabó recluida en un convento en Oviedo tras ser descubierta en 1718 vestida de hombre en Gijón: tenía 18 años y había llegado a Asturias desde Galicia, huyendo con su amante de un matrimonio infeliz para irse a América. Pero frente a casos como el de Maldonado o el de las «mujeres soldado» –según Calvo Maturana, «menos excepcional de lo que se pueda pensar»–, parece incuestionable que algunas de estas historias tienen una lectura distinta en términos de género.

Los historiadores no dudan a la hora de identificar a Eleno de Céspedes como un hombre trans. En el perfil que ‘El País’ dedica a esta figura histórica al hilo del lanzamiento de una biografía en 2017, Emilio Maganto Pavón, exjefe de la sección de Urología en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid y autor de un libro sobre el proceso, señala que «era un varón atrapado en el cuerpo de una mujer». Ignacio Ruiz, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y biógrafo de Céspedes, asegura además que «se trata de un transexual».

A pesar de todo, y aunque las percepciones de género fuesen distintas en ese período, esto no evitó que muchos de estos hombres y mujeres trans tuviesen problemas con la Inquisición. Margarida Borrás, por ejemplo, fue ejecutada en 1460 en Valencia: había nacido como hombre y fue obligada a morir vestida con traje masculino. El propio Eleno de Céspedes fue sentenciado a ser azotado en público y a trabajar gratis en un hospital durante 10 años. Como señala en su libro Calvo Maturana, la exposición podía no solo obligar a someterse a exámenes médicos y humillantes pruebas públicas sino también «a penas físicas o de cárcel».

Raquel C. Pico para https://ethic.es/

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