Hoy se cumple un cuarto de siglo de un momento bisagra para nuestra comunidad. El 1 de abril de 2001, Países Bajos se convirtió en el primer país del planeta en poner en vigencia la ley de matrimonio igualitario. A la medianoche de aquel día, cuatro parejas del mismo sexo dieron el «sí» en Ámsterdam, marcando el fin de una era de exclusión estatal y el inicio de una ola de derechos que más tarde llegaría a nuestra región.
Aquella ley no solo permitió que personas del mismo género formalizaran su unión, sino que otorgó derechos de adopción y seguridad jurídica, equiparando las condiciones con las parejas heterosexuales. La normativa neerlandesa fue el faro que guio los debates en el resto de Europa y, fundamentalmente, en Argentina, donde nueve años después logramos nuestra propia ley nacional.
Es importante recordar que este avance no fue un regalo de la política, sino el resultado de décadas de activismo y militancia de las organizaciones LGBTIQ+. Visibilizar estas conquistas ayuda a desnaturalizar la discriminación estructural y a entender que el acceso a las instituciones civiles es un derecho humano básico, no un privilegio de pocos.

Mirar hacia atrás nos permite valorar lo que construimos. En nuestro país, la sanción de la Ley 26.618 en 2010 recogió esa semilla plantada en los Países Bajos, adaptándola a nuestra realidad social. Hoy, el matrimonio igualitario es una realidad en decenas de naciones, pero la chispa se encendió hace exactamente 25 años en los ayuntamientos holandeses.
Países Bajos rompió el cristal y demostró que las sociedades no se rompen por ampliar derechos; al contrario, se vuelven más justas. Hoy celebramos ese primer paso gigante que nos permitió a muchxs soñar con una vida con los mismos derechos, el mismo nombre y, sobre todo, la misma dignidad ante la ley.




